27. may., 2022

EL VIEJO DIABLO Y LAS PALABRAS

En un pueblo lejano, de esos en los que no existen otras cosas que calles vacías, frio e invierno. En esos pueblos donde solo queda recuerdo y antaño, en un pueblo de esos, habitaba un viejo diablo. Un diablo del principio de los días, acartonado como en un libro viejo. Un viejo diablo que postrado junto a una chimenea balbuceaba mirando al fuego.

Por el camino viejo fui subiendo el cerro que entre corrales y derrumbes accede a la vieja plaza, donde la nieve sucia de tierra y viento deja entrever el suelo frio que termina en la ermita. La ermita sola y húmeda, que aún pervive aun cuando ya no queda nadie, haciendo sonar suavemente su campana mecida por el gélido viento.

Subí las escaleras y entrando en el cocinón, con las paredes negruzcas del hollín, una inmensa chimenea chisporroteaba intentando sobrevivir al invierno mientras a su vera, el viejo diablo, con los cuernos partidos de años y los años clavados en su rostro, movía las ascuas con un atizador, mirando al centro de las llamas.

Y sin mediar palabra me senté junto a él, y acurrucados junto al fuego nos miramos incrédulos, incrédulos de estar en aquel sitio sin nada más que nuestra propia presencia. Un diablo viejo y un viejo sin diablo mirando al abismo de nuestros días, mientras pensábamos en nuestras cosas.

De pronto, aquel viejo diablo saco de su regazo una vieja botella de vino y me sirvió un vaso, un vaso con un vino áspero, seco, un vino puro en aquel día de nieve, plomizo en su rojo granate. Un vino que llegó a mi alma y si bien pude sentir el sabor agrio de los vinos tardíos, no pude advertir el significado de aquel brindis maldito.

Pregunte a aquel “pobre” diablo sobre su pesadumbre. Y allí mostró su risa de diablo y en un instante de vida pude ver la desdicha en su mirada, la amargura de su existencia, la decadencia de su ser.

“Me iré cuando se acabe este fuego”, y una vez muerto el fuego desapareceré de este pueblo, y conmigo todo lo que queda. Con mi marcha se irá la dicha y la desdicha. El tiempo de los mitos terminó, y sin almas ni leyendas, ni cuentos ni historias, solo me queda consumirme con estas brasas. Moriré en ellas de la misma forma, porque la vanidad, la envidia, el egoísmo y el rencor, es lo último que se consume.

El vacío de existencia nos inundó a ambos, seguimos mirando al fuego, callados y pensativos, ausentes y presentes, entendiendo que en aquel pueblo se acababa todo, dichas, desdichas, entendiendo entonces que ni los diablos, sin palabras ni historias, perviven al tiempo.

Me levanté y retrocedí sobre mis propios pasos, bajando el cerro y alejándome del pueblo, y una vez dejados los derrumbes y los corrales pude mirar hacia atrás. La chimenea ya no humeaba, entendiendo entonces que los tiempos habían cambiado.

Fin.