1. jun., 2022

LEALTAD HACIA LA INFANCIA

Ayer, mi hijo menor me sorprendió con un comentario: un compañero de clase le había invitado a su cumpleaños, pero su madre no aprobaba esa invitación. Aquella aseveración me sorprendió y preocupó, sobre todo al observar hasta qué punto los adultos cosificamos y ejercemos nuestro poder sobre la conducta de los más pequeños.

Días atrás, en el cumpleaños de mi hijo, al principio hubo un enfrentamiento entre los dos, una disputa sobre unos cromos "Pokémon". Ante el alarmismo de la madre yo medié entre ambos y les pregunté sobre la posibilidad de arreglar sus disputas hablando entre ellos y la posibilidad de que pudiesen dejar atrás el tema y disfrutar de esa agradable tarde de primavera, en un maravilloso parque lleno de juegos y distracción. Por supuesto que los niños no ponen mucha resistencia, y al rato jugueteaban como si nada hubiera pasado.

Es más, en numerosas ocasiones sus disputas y enfrentamientos tienen más que ver con la presión que viven a través de los adultos y a través del modelo de vida competitivo y de exclusión que inculcamos a nuestros menores: tengo más notas que tú, mis cromos son mejores, mi papá es, mi mamá es y la tuya no... Una eterna comparativa que en muchas ocasiones los lleva a enfrentamientos que poco tiene que ver con su vida y que tampoco debería de tener mucho sobre la nuestra.

El caso es que la tarde discurrió sin más inconvenientes, a pesar de que la madre se empeñó en estar vigilante e intrusiva sobre el juego de los niños, atenta a cualquier atentado que se estuviera fraguando. Además de eso, la tarde discurrió como cualquier tarde de juegos, risas y encuentros.

Tras el cumpleaños y durante estas semanas, lejos de desentenderme, mi postura ha sido la de ir preguntando a mi hijo sobre su relación con sus compañeros de una manera no interrogativa sino dialógica, interesándome sobre la vida de su clase, ese universo que constituido por mil realidades que, a su vez, en ocasiones, están demasiado normalizadas por estilos de vida adultos, sometidos a presiones que no son propias para su edad.

Durante nuestras tertulias en el almuerzo, y a través de las historias contadas por un niño, uno puede visualizar cómo las conductas de niñas y niños en el entorno escolar no obedecen solamente a su forma de ser, sino que están mediadas y normalizadas por el ejercicio de poder que emana desde padres a hijos sobre lo que deben y no deben ser. A esto le llamamos educación, una educación que debería de tener sus topes en la lealtad que como adultos debemos de tener hacia la infancia.

¿Qué quiero decir con esto? Para mí, intentar persuadir a los niños y niñas de lo que son a través de discursos de segregación, influir en su forma de ser a través de nuestras intenciones y frustraciones, trasmitir discursos de odio y de exclusión hacia los demás, influir conductas de superioridad por razones de inteligencia o estatus, representa una falta de lealtad hacia la infancia, una falta de respeto hacia un estadio vital que debería estar preservado para asegurar la propia supervivencia de una infancia invadida por la vida del adulto, asaltada por el futuro, una infancia que ya no es porque son tales las expectativas que ve acortada su existencia invadida por un futuro que cosifica y coloniza la infancia en pro de una vida productiva y exitosa. Representamos nuestras ideas, nuestras historias y nuestros problemas reflejados en nuestros niños y niñas. Nos afanamos en que se vean a través de la distinción y la exclusión hacia el otro, lo que forzará que el excluido, el relegado, busque asomar la cabeza en un feroz río hacia una adultez percibida desde lejos como un triunfo o como un fracaso según el caso.

Existe una forma de educar en la que el desarrollo se convierte más que en una experiencia vital, en una trasmisión de expectativas, un modelo vertical de cosificación de un entorno llamado infancia. Lejos de ello están otras acciones basadas en un crecimiento acompañado y compartido donde las conversaciones enriquecedoras son el mejor camino.

Tenemos el deber y la responsabilidad de acompañar a nuestros y nuestras menores en un proceso de desarrollo optimo y saludable, lo que no nos da derecho a manipular ese espacio evolutivo orientándolo a nuestro antojo y parecer. Mucho más deplorable es usar a un menor como escudo de nuestras rencillas, diferencias e intolerancias.

Ante la situación vivida, y entendiendo la vida como un ejercicio continuo de narrativas y conversaciones, donde existe un diálogo que se renueva continuamente y da paso a nuevas experiencias, el debate, discusión o aclaración debería de haber girado en una indagación sobre momentos exitosos en esa relación, momentos vividos mutuamente en el que haya existido conexión y no distanciamiento. Un modelo ejemplar es usar una nueva oportunidad para brindar espacios de reconexión.

Si algún papá y mamá quiere indagar más sobre este aspecto, recomendaría sin duda el libro "cada niño puede ser un millonario en habilidades". Abandonando la senda de las conversaciones verticales, dominantes y manipulativas, las conversaciones que estimulen habilidades, usando formas participativas y respetuosas de diálogo, pueden ser un método idóneo para formar niños y niñas competentes, solidarios y socialmente inteligentes.

Nuestro intento de "resolver problemas" mediante la intrusión de los adultos en la vida en la infancia, centrarnos en lo que va mal, nos aleja del desarrollo de habilidades resolutivas y respetuosas en nuestros niños.

Nuestro cerebro reacciona a las emociones positivas afianzando nuestras habilidades socio emocionales, por ejemplo, priorizando la habilidad de la paciencia, incentivando acciones de resolución positiva, activando conversaciones que externalicen problemas y mejorando acciones de re autoría que estén focalizadas en momentos exitosos en sus relaciones íntimas. En definitiva, de lo que se trata es de enriquecer estrategias personales de resolución de problemas en lugar de anteponer nuestros métodos de resolución, basados en una experiencia de adultos sesgada por estereotipos y prejuicios que no existen en la infancia, y en el caso de existir, son fruto de un proceso de aleccionamiento que viene desde arriba. 

JAVIER HERRAIZ SORIANO.

PSICOLOGO- PSICOTERAPIA NARRATIVA.

625087529 javierherraiz@narrativass.es